Baños Árabes de Girona
Introducción: los baños hispanomusulmanes en la España medieval cristiana
A
pesar de que en la actualidad se conservan pocos ejemplos, las termas
y los baños públicos fueron relativamente comunes en
las ciudades medievales. Los cristianos en la Edad Media acentuaron
el pudor religioso hacia el desnudo y en general esta época
tampoco se encuentra caracterizada por la higiene personal, lo que
provocó la propagación de enfermedades como la peste
negra; pero al baño se le atribuían, sobre todo en las
ciudades y a partir de la baja Edad Media, funciones terapéuticas,
lo que explica el uso de este tipo de edificios.
Debido a la ocupación musulmana, en la Península Ibérica fueron numerosos los baños árabes que se construyeron en todas las ciudades. Los baños (hammam) son un elemento muy importante del entramado urbano de las ciudades islámicas, debido a que el aseo del cuerpo es una obligación religiosa, que todo musulmán debe de hacer antes de practicar las cinco oraciones cotidianas.
Tras
la ocupación cristiana, muchas de estas termas musulmanas fueron
destruidas o reutilizadas. Pero también hubo edificios de baños
públicos que siguieron conservando esta función tras
el asentamiento de los cristianos. En Toledo existieron baños
separados para judíos, cristianos y musulmanes, y la mayoría
de ellos seguían funcionando en el siglo XVI. Algunos ejemplos
de baños hispanomusulmanes que se conservan en la actualidad
precisamente debido a su uso en otras épocas, son los Baños
Califales (Córdoba), los Baños del Niño (Jaén),
los Baños del Ángel (Toledo), el Bañuelo (Granada),
el Baño Real (Granada), o los Baños Árabes de
Elche y de Palma de Mallorca, todos ellos de origen hispanomusulmán.
Los edificios de baños de nueva planta
Aunque
en menor medida, también se construyeron baños de nueva
planta en las ciudades cristianas. Sin duda, este tipo de edificios
son deudores de la tradición hispanomusulmana, que a su vez
bebe del mundo romano. Tal es el caso de los Baños del Almirante
en Valencia, edificados en los primeros años del siglo XIV
bajo el reinado de Jaime II el Justo (1291-1327) o los Baños
del Convento de Santa Clara en Tordesillas (Valladolid), mandados
construir por Alfonso XI el Justiciero (1312-1350) en la misma época.
Pero el único ejemplo de termas construidas en la Península
en el románico que ha llegado a nuestros días es el
edificio de los Baños Árabes de Gerona.
En Barcelona, existió un edificio muy similar a los Baños de Gerona, que fue construido en el año 1160 por orden de Ramón Berenguer IV el Santo, conde de Barcelona (1131-1162) y príncipe de Aragón (1137-1162). Al igual que los de Gerona, estas termas conocidas como Baños Nuevos, también se situaban a extramuros de la ciudad. Parece que se situaban en los alrededores del actual mercado de La Boquería, pero por desgracia, el edificio fue destruido en el año 1834. Sabemos cómo era su aspecto gracias a una litografía que realizó Francisco Javier Parcerisa (1803-1875), y que se publicó en los Recuerdos y Bellezas de España. Prácticamente todos los viajeros que visitaron la ciudad condal en los siglos XVIII y XIX mencionan estas termas en sus relatos, que debieron de ser uno de los edificios más significativos de la Barcelona medieval. Parece ser que también hubo unos baños públicos en los alrededores de la basílica de Santa María del Mar, conocidos como Baños Viejos, que tampoco han llegado a nuestros días. Éstos también fueron objeto de admiración por parte de algunos viajeros, pero los datos que tenemos de ellos son más escasos.
El edificio de los Baños Árabes de Gerona
Los
Baños Árabes de Gerona son una construcción románica,
construida en el siglo XII y ubicada fuera del primer recinto amurallado
de la ciudad. Se encuentra situado en lo que fue una de las principales
vías de entrada a la ciudad, y seguramente fueron ideados como
lugar de descanso para los viajeros. En la actualidad se encuentran
abiertos al público y pueden visitarse.
La denominación de Baños Árabes se debe al arquitecto, político e historiador Josep Puig I Cadafalch (1867-1956), que bautizó de este modo al edificio al considerar su estructura similar a la de los baños norte africanos. Aunque el edificio no fue construido por los árabes, se edificó sobre otros baños anteriores, que sí que pudieron ser hispanomusulmanes. En realidad los árabes permanecieron menos de un siglo en la capital del Ter, y la impronta de esta civilización apenas dejó huellas en la ciudad. Gerona fue ocupada por al-Andalus en el año 715, pero en el 785 la ciudad fue entregada al imperio carolingio. Se trata de un espacio de tiempo muy breve en comparación con otras ciudades catalanas.
Como
ya hemos dicho, los baños islámicos son herederos directos
de las termas romanas. Pero también hay algunas particularidades
que diferencian a unos de otros, y que hacen que precisamente se pueda
establecer un paralelismo entre los Baños de Gerona y la tipología
tradicional de los baños árabes. Estos edificios tienen,
en esencia, una zona de vestuario (apodyterium o al-bayt al-maslaj),
una zona de agua fría (frigidarium o al-bayt al-barit), otra
de agua templada (tepidarium o al-bayt al-wastani), y una última
de agua caliente y de sudoración (caldarium o al-bayt al-sajun).
Las diferencias se sitúan sobre todo en las salas de agua caliente
y templada, que, a diferencia de las termas romanas, se cubren con
cúpulas con lucernas y con espacios abiertos a modo de lucernarios,
que permiten abrir y cerrar, controlando el vapor de agua, tal y como
se puede ver también en los Baños de Gerona.
Historia del edificio
La primera noticia que de esta edificación data de 1194, cuando el rey Alfonso II de Aragón (1162-1196), realizó una donación para su construcción. Cien años más tarde volvemos a tener otra referencia documental, cuando en 1294 Jaime II el Justo, rey de Aragón y conde de Barcelona (1291-1327) realiza una donación para reparar el edificio, que había quedado maltrecho tras el Sitio de Gerona que tuvo lugar entre 1283 y 1285 por las tropas francesas. No tenemos muchas más noticias de esta construcción durante los siglos del gótico.
En
el siglo XVI parece que el edificio había dejado de funcionar
como baños públicos, pues en el año 1618 pasó
a manos de un convento de clausura de monjas capuchinas, que instalaron
en ellos una lavandería, una cocina y una despensa, y que perduraron
hasta principios del siglo XX.
En la primera década de la pasada centuria, el edificio fue objeto de estudio por parte de Puich I Cadalfach. En 1929 se emprendió una restauración del edificio, a cargo de Rafael Masó y Emili Blanch. Estos arquitectos acometieron una reforma muy agresiva del edificio, acorde a los estándares de la época, en donde modificaron muchos elementos estructurales y decorativos, o los descontextualizaron, como se evidencia al comparar las fotografías del estudio que realizó Puich I Cadafalch con el edificio actual.
La fachada y el exterior
Se trata de un edificio de planta casi rectangular, con los costados más largos abiertos hacia la calle, y a un patio en el sudoeste que, casi con toda seguridad, se encontraba ajardinado. En el exterior, carece de una fachada monumental. Al igual que en los edificios islámicos, la verdadera riqueza de los Baños de Gerona se encuentra en su interior. Desde fuera tan sólo se puede contemplar un muro ciego, con una única puerta de entrada, y parte de la linterna con la cúpula que cierra la sala de agua caliente.
El vestíbulo y la leñera
Por la puerta se llega a una sala rectangular, que hace las funciones de vestíbulo. Desde esta habitación se puede acceder, por un lado, a otra pequeña estancia que, según Puich I Cadalfach, podría ser una especie de leñera. Desde el vestíbulo, por el costado contrario al que se encuentra este almacén se abre un vano que comunica el vestíbulo con las salas de los baños propiamente dichos.
El apodyterium o al-bayt al-maslaj y el frigidarium o al-bayt al-barit
La
primera estancia constituye el lugar más monumental de todo
el conjunto. Se trata de un espacio que seguramente se encontraba
destinado al vestuario, y a servir de sala de descanso, el equivalente
al apodyterium o al-bayt al-maslaj. Este espacio también tenía
las funciones de la sala de agua fría o frigidarium de las
termas romanas, conocida como al-bayt al-barit en los edificios hispanomusulmanes.
Se trata de una gran habitación cuadrangular, cubierta por medio de ocho sectores de bóveda de cañón en donde se abren pequeños lucernarios, y cuatro trompas en los ángulos. En el centro de la sala se encuentra una piscina de forma octogonal, en cuya parte superior se abre una pequeña linterna cubierta con una cúpula que emerge hacia el exterior y que constituye el principal foco de iluminación de la estancia.
Esta
piscina se rodea de un pequeño pretil con ocho columnas de
una gran finura y delicadeza, que se comunican entre sí por
medio de arcos de medio punto que sustentan un tambor octogonal.
Sobre éste, se apoyan otras ocho pequeñas columnas, de nuevo bajo arcos de medio punto, conformando una serie de vanos hacia el exterior. Toda esta estructura se cubre finalmente por una pequeña cúpula de media naranja.
En el muro contrario al de la puerta de acceso hay tres pequeños nichos con arcos apuntados que quizás pudieron servir como guardarropa. En el muro perpendicular a éste hay una pequeña arquería ciega, conformada por arcos de medio punto con elegantes y estilizadas columnas. En el resto de muros hay un banco corrido de piedra.
La
mayoría de los capiteles, tanto de las columnas de la piscina
central como de la arquería ciega del muro, presentan formas
geométricas y vegetales. En los capiteles de la piscina central
que se encuentran más cercanos a la puerta de acceso encontramos
una representación de un águila en uno, y una pequeña
representación arquitectónica con delgadas columnillas
en el otro. Si se observan estos capiteles, y se comparan con las
fotografías del estudio realizado por Puich I Cadafalch, se
puede comprobar como muchos de ellos fueron modificados en exceso
en la restauración de 1929, o se descontextualizaron por completo.
También se puede observar esta agresiva intervención
en la puerta de acceso hacia el vestíbulo, con un arco de herradura
apuntado.
El tepidarium o al-bayt al-wastani
Desde la ya analizada sala de agua fría, se accede por el muro sur a la segunda de las salas, que se encontraba destinada a los baños tibios (tepidarium o al-bayt al-wastani). Se trata de una habitación rectangular, cubierta toda ella por medio de una gran bóveda de cañón, a la que se abren tres pequeños lucernarios, que permitían el paso de una tenue luz, y controlar el vapor del agua, que se mezclaría con el olor del romero y el tomillo que se quemaba en los hornos.
La
habitación se haya subdividida en un espacio central y dos
alcobas laterales, que se comunican por medio de dos grandes arcos
de medio punto soportados por tres columnas. Desde la alcoba situada
más hacia el este, hay un pequeño vano que se abre en
forma de arco de herradura y que permite la comunicación con
el vestíbulo. La parte central de esta sala se destinaba a
lo que los romanos llamaron caldarium, es decir, la sala de baños
calientes. Las dos alcobas situadas en los extremos seguramente estuviesen
reservadas a los masajes.
El caldarium o al-bayt al-sajun
Esta estancia se encuentra comunicada con la siguiente por medio de un vano abierto en el costado contrario, y que da acceso a una sala rectangular. Se trata de una sala más amplia que la anterior, cubierta también por medio de una gran bóveda de cañón. Este espacio se destinaba a la sudoración. El pavimento se asienta sobre una cámara de aire caliente que en la actualidad se puede observar en parte.
Desde aquí se accede a una última sala, la más deteriorada de todas y muy similar a la segunda, que seguramente estuviese destinada también a un tepidarium.
Autor del texto del artículo/colaborador
de ARTEGUIAS:
Víctor López Lorente